Un tema de investigación es elegido por un conjunto de razones, aún no bien conocidas. Las hay explícitas e implícitas, manifiesta y latentes, conscientes e inconscientes. Al elegir un tema, un buscador (categoría en la cual incluyo al filósofo, al poeta, el narrador, o el investigador en ciencias sociales, al intelectual y al artista en general) es sujeto no sólo de su albedrío, sino también de sus creencias y su tiempo, de presiones institucionales, sugerencias variadas, y hasta las modas.
Es cierto que el buscador esgrime su voluntad y su deseo, pero en medio de oscuros riscos, oquedades y acantilados donde perduran las señales de determinaciones pretéritas que operan a favor de su decisión, y que él probablemente no conocerá nunca por completo. Sólo un esfuerzo organizador del pensamiento logrará dar una explicación a este conjunto innumerable de motivos.
No obstante, un tema ha sido ya elegido. Y más allá de la inevitable justificación, el buscador debe avanzar en él, y en este punto es donde se vuelve indispensable profundizar la búsqueda, como quien tironea de golpe el anzuelo para capturar la presa.
¿Cómo hacerlo? Hoy me ocuparé de los textos liminares[1]. Llamo de este modo a los escritos que orientan nuestra búsqueda. Los clasifico en dos subtipos: suscitativos, y formativos.
Los suscitativos nos dejan preguntas, inquietudes. Contienen informaciones de casos y ambientes; una cierta nota periodística, una novela, un acta de matrimonio o un prospecto médico, pasando por las guías telefónicas. Crónica, etnografía, observación pasajera, diccionarios etimológicos, párrafos “sociales” deslizados en medio de obras técnicas, pueden representar este caso.
Los formativos son ideales para la construcción de un marco conceptual ‘académico’. Nos ofrecen soluciones téoricas, conceptos organizados en una red o un sistema; ellas opera como sostén de protección y medio de comunicación. Por medio de ellos uno dialoga con Simmel o Weber, por ejemplo. Los últimos
Lo textos proveen de un sustento indispensable a toda investigación. Contienen no sólo descripciones de los “hechos” sino también una propuesta de organización de los mismos en cadenas de causa y efecto. En ocasiones proveen de una iluminación intelectual, estética o científica. Y ya sea que concordemos con ellos, o que nos susciten rechazo, poseen la cualidad de colocarnos ante una pregunta ulterior.
A veces esos discursos se abalanzan sobre nosotros, y son ellos los que nos fuerzan a elegir un tema. Se dice que esto le sucedió a Pablo, en el camino de Damasco, cuando escuchó la voz de Dios preguntándole por qué perseguía a los cristianos. Cuando H.S. Ferns estudiaba historia en Oxford, un profesor reiteró lo que ya había dicho muchas veces: que aún no estaban estudiadas las relaciones entre Gran Bretaña y Argentina durante el siglo XIX, y fue este comentario el que lo llevó a realizar una tesis pionera sobre este punto.
Un párrafo especial merece el momento de percepción de una clave, o iluminación, identificable también bajo el nombre de peak experience, o experiencia cumbre. Se supone que eso fue lo que le arrancó a Arquímedes aquel ¡Eureka! emblemático, en ocasión de su baño semanal. San Agustín cuenta en sus Confesiones que uno de los tantos días en que estaba tratando de desentrañar el misterio de Dios, vio un niño llevando agua del mar a un hoyo que había hecho en la playa, donde pretendía trasvasarla. Conmovido por la ingenuidad del niño, le dijo que esto era imposible, y en ese instante comprendió que él estaba tratando de hacer algo no menos imposible, y tomó la experiencia como una señal que Dios mismo le había colocado.
He leído que Cristóbal Colón dedujo la existencia de un continente ultramarino, que él imaginaba Las Indias, al observar los restos de vegetales remotos que cierta corriente llevó a la playa del Africa donde él se encontraba. Charles Darwin describe en su autobiografía que fue la observación de especies vegetales y animales lo que lo condujo a su teoría de la evolución. De modo semejante, fueron algunos momentos especiales durante su cohabitación con pájaros y gansos la que llevó a Konrad Lorez a una de sus más provocativas proposiciones: algunos animales identifican como madre al ser vivo que los acompaña desde el momento de nacer.
Hace unas décadas, el sociólogo Robert K. Merton [2] introdujo el concepto de serendipity. Así se comenzó a denominar en lengua inglesa al hallazgo casual, el dato “imprevisto, anómalo y estratégico”. Merton consigna numerosos ejemplos en el campo de la ciencia y la tecnología moderna, desde Newton y los toneles hasta el descubrimiento fortuito de los rayos X. Varias líneas de indagación contemporáneas, en el terreno de la historia de la ciencia, la sociología de la ciencia y la epistemología han ayudado a plantear las condiciones de posibilidad de un descubrimiento, o del inicio de un descubrimiento.
Entretanto, no podríamos desdeñar los textos formativos, esto es, de aquellos que ilustran con detalles algunos de los sucesos que acontecen en el campo aún maleable de su objeto de estudio. Ellos son resultado del trabajo de otros como nosotros que vieron y registraron algo de lo que nos interesa. A partir de un texto liminar, concebido como punto de apoyo, podemos aplicar nuestro esfuerzo a escribir el borrador de nuestro propio discurso.
(16-6-03. Continuará)
[1] liminar. (Del lat. limināris). adj. Perteneciente o relativo al umbral o a la entrada. || 2. preliminar (ǁ que sirve de prólogo o proemio).
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[2] Merton, Robert K.: Teoría y estructura sociales, Fondo de Cultura Económica, México, 1965: 113.
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